martes, 8 de noviembre de 2011

Templar la mente.

Luis María de Cistué.  Francisco de Goya y Lucientes.

Agotadora la existencia humana. Afanada en lograr sueños imposibles, se desgasta hasta erosionar la última de las defensas. Tengo tu imagen en todas las esquinas de mi mente, a veces forma remolinos de imposible viraje y parece que van a desaparecer. Pero sólo es eso, un parecido con lo deseable. Increíbles los diversos modos de sufrimiento que elegimos, como si con ellos purificáramos el alma accediendo entonces a una posición de total inmunidad, donde nada vuelve a dañarnos... Cuanto más deseo olvidar lo que has significado en mi vida, más retorna a mi corazón la huella de tus manos, de tu firme abrazo. En un derroche de energía, pongo a mecer acompasadamente mis pensamientos, con la esperanza de que, algún día, se conviertan en un monocromático violeta y no haya morriña. Ni sombra de angustia.



domingo, 6 de noviembre de 2011

Infinitos los caminos del apego.

John Singer Sargent


Infinitos son los caminos del apego. Intrincados y contundentes. Se revuelven contra uno mismo a la mínima señal de contienda o altanería. Por ello... te confieso que te daría mi mano sin que me la pidieras. Para que la retuvieras un poco más de un segundo. Te regalaría mi mirada más cálida si el destino fuera un poco amable. Pero, sobre todo, me acercaría a ti, para poner a cobijo mi alma, para sentir tu abrazo y distinguir ese retazo de cariño que mora en algún lugar de tus besos. Me dejaría llevar. Para, por un momento larguísimo, poder cerrar los ojos y no sentir más que paz. Y sentirte a ti. Para descansar del mundo y estar contigo. Desoir el orden de la lógica y rendirme ante mi sueño de gloria. Reponer el espíritu y reanimar mis manos. Tenerte cerca.





sábado, 5 de noviembre de 2011

Te traigo un ramo de flores.

Los cinco sentidos. La vista. Brueghel-Rubens

Te traigo un ramo de flores. Cada rosa es de distinto color, pues tienen diferentes propósitos. 
Una rosa amarilla para llenar tu vida de sol, fuerza y alegría. 
Una roja, para que nunca falte en tu vida una pasión, un amor verdadero. 
Una de color rosa, como no, para que siempre puedas tener el cariño tan cercano de quien bien te quiere.
 Una verde para asegurarte la abundancia de sonrisas, de buenos momentos y buenas cosas. 
Una azul para que puedas hablar cuando sea preciso y tengas suficiente voz para protestar cuando te pisoteen. 
Una rosa negra para que te proteja, contra viento y marea, cuando yo no esté cerca para hacerlo. 
Una rosa violeta para que todo lo negativo de tu vida pueda acabar tornando en positivo.
Y una rosa blanca para ahuyentar tus miedos. 

viernes, 4 de noviembre de 2011

Sobre la morriña.


















The kitchen-maid.
Jean-Baptiste Simeón Chardin




Piso por donde puedo, en las piedras que conozco. Tengo tanto que contarte y estás tan lejos que me duele hasta la ultima pestaña. Gestiono como una superviviente la añoranza, la morriña esa que a nadie puede explicarse salvo al último destinatario. Esconder el sentimiento, disimularlo, vestirlo de amigo inoportuno. Soy imperfectamente humana, desacompasada, sin sincronía aparente. Pero mi corazón no cabe en casi ningún sitio. Tengo todas las tonalidades posibles en mi vida y me muevo siempre en lugares fangosos, estoy acostumbrada. Porque he visto cómo un gesto puede reconducir una vida, un beso a veces calma el horror, una llamada reconforta la soledad. Y que lo negro y lo blanco son lo más imperfecto de la vida y no te permiten evolucionar. Que hay que circular por los caminos intermedios para no perderse los detalles que conforman una existencia. Me duele tanto echarte de menos que he de dejar mis labores cotidianas y mirar al infinito para adecuar mi cuerpo a esa pena que me golpea a intervalos desiguales, contundentes. Sé que me escuchas, siempre me escuchas. Apiádate de mí, soy muy pequeña y estoy supeditada a esa ruinosa condición propia. A esa de la fragilidad de apegos.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Veintiocho de 30. To whom does the night belong? To lovers...


Un regalo palpable.





















Stella Van der Meer. 


 
La vida es tan perra... Pero, pero, pero... en ocasiones regala cosas especiales. Se autoproclama generosa y otorga algo. Puede ser un detalle, un gesto, un regalo tangible, un objeto grandioso. Pues, sí, ayer la vida me regaló algo. Palpable, pequeño pero grandioso. Torrentes de buenos sentimientos circularon por mis venas, indecentemente desordenados. Puso en mi cara una sonrisa interna de las que perduran, indelebles al tiempo y espacio.

La situación me recordó a ese momento incomparable en que alguien muy preciso se acerca a besarte. Y el beso cubre los labios al tiempo que abriga el alma y la protege por unos instantes de la más horrible tempestad. Es ese minuto en que las manos pierden fuerza, la mente se ilumina en colores vivos, el mundo desaparece bajo tierra y sólo existe la protección y esa cercanía que uno quisiera perpetuar y que intenta repetir acercándose una y mil veces al reclamo de un nuevo beso. Me recordó a esos besos. Los besos que causan una sensación tan profunda y placentera que, ya antes de separarte unos milímetros, tu mente se ha rendido a plasmarlos en un recuerdo profundo, en una referencia exacta de cómo se sitúa uno en el podio de la felicidad.